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DESPERTÁNDOME CON TU BOCA

 

Sentí el roce de tu pelo en mis piernas, las caricias suaves de tus manos en mi vientre, apenas tocándome la piel con las yemas de los dedos. Abrí los ojos y me cegó un tibio rayo de sol filtrándose furtivamente a través de una rendija de la persiana. Reprimí un bostezo al desperezarme y te di los buenos días. Levantaste la cabeza, buscando mis ojos soñolientos y, sonriéndome, reclamaste mi silencio con un leve siseo escapado de tus labios.

Estabas desnuda, estábamos desnudos... Tan desnudos como empezamos la noche. Habíamos detenido el tiempo haciendo, rehaciendo y deshaciendo el amor, sin importarnos los gritos desbocados y las palabras susurradas, sin importarnos un mundo que no existía más allá de tu cuerpo casi adolescente y del mío, tenuamente marcado por las cicatrices del tiempo. Nos habíamos devorado como animales salvajes, fundiéndonos las carnes y los sexos, hasta caer rendidos y jadeantes sobre las sábanas arrugadas. Y así nos dormimos, desnudos, el uno junto al otro, con tu cuerpo perfectamente encajado en el mío, tu brazo rodeando mi cintura, mis nalgas apretadas en tu pubis, tus pechos aprisionados contra mi espalda.

No te oí despertar ni levantarte. Pero, a buen seguro, mi cuerpo debió sentir el frío de tu cuerpo despegado y ausente. Cuando abrí los ojos, al reclamo de tus caricias y del roce de tu pelo, estaba boca arriba. Tú, en el filo de la cama, tus piernas abiertas y las rodillas clavadas en las sábanas, a la altura de mis pies, casi rozándomelos con tu carne. Tu tronco vencido hacia delante y tu espalda arqueada me permitieron contemplar la excitante elevación de tus nalgas, al tiempo que noté el calor de tus pechos posados sobre mis muslos.

Solo durante un breve instante levantaste la cabeza, para sonreírme y reclamarme silencio. Con intensa rapidez, tus manos recorrieron mi piel hasta detenerse en mi pecho. Y allí tus dedos se aprestaron a jugar con mis tetillas, pellizcándolas suavemente hasta endurecerlas, mientras apretabas y deslizabas tu cuerpo contra el mío, como una gata melosa en busca de caricias. Tus labios húmedos sobre el vientre, tus pechos rozándome la flácida piel de mi verga aún dormida. Y vuelta atrás, en un camino de regreso con tu boca surcando las huellas que tus pechos dejaron sobre mi carne.

 SIGUE